Santa Faustina y la Ascensión del Señor

Este domingo la mayoría de las diócesis de este país celebran la Fiesta de la Ascensión, cuando nuestro Señor ascendió al Cielo después de haber caminado sobre la tierra durante 40 días en Su Cuerpo resucitado. 

En la primera lectura, en el primer capítulo del libro de los Hechos, leemos sobre los momentos finales de Cristo antes de ascender. Jesús y sus discípulos se reúnen en el monte de los Olivos, que está justo al este de Jerusalén. El Señor les instruye a esperar en Jerusalén la venida del Espíritu Santo, Pentecostés, que celebraremos el próximo domingo:

[Y] recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta los confines de la tierra (Mateo 28,8).

Luego dice que fue levantado de su vista en una nube. Mientras los discípulos seguían mirando al cielo, dos hombres vestidos de blanco se pararon en medio de ellos y les dijeron:

Varones galileos, ¿por qué estáis ahí parados mirando al cielo? Este Jesús que ha sido llevado de vosotros al cielo, volverá de la misma manera como le habéis visto subir al cielo (Mateo 8,11).

Además del libro de los Hechos, los cuatro evangelios mencionan la Ascensión de Cristo. ¿Pero sabías que Santa Faustina cuenta su propio relato de la Ascensión? Lo creas o no, el Señor le dio una gracia espiritual en la que pudo experimentar lo que hubiera sido ascender al Cielo junto al Señor. Su relato nos da una idea de lo que significa la Ascensión para nosotros. Ella escribió:

Hoy acompañaba a Jesús mientras ascendía al cielo [Diario,416]. Pasado el mediodía, se apoderó de mí una grandísima añoranza de Dios. Una cosa extraña, cuanto más sentía la presencia de Dios, tanto más ardientemente lo deseaba. Luego me vi entre una gran multitud de discípulos y apóstoles y la Madre de Dios. Jesús dijo que fueran por el mundo entero y enseñaran en Mi [su] nombre extendió 337 los brazos, los bendijo y desapareció en una nube. Vi la nostalgia de la Santísima Virgen. Su alma añoró a Jesús con toda la fuerza del amor, pero estaba tan tranquila y abandonada a dios que en su corazón no había ni un solo destello contrario a la voluntad de Dios (Diario, 1710).

Santa Faustina registra el gran anhelo de Dios que sentía en estos momentos. Ella dice aquí algo contrario a la intuición, que habla del misterio de la Ascensión: “[Cuanto más sentía la presencia de Dios, más ardientemente lo deseaba”. El Catecismo de la Iglesia Católica dice que Jesús “nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente” (Diario, 666).

En otras palabras, la Ascensión es una señal de nuestro destino final: que fuimos creados para estar con Dios en gloria para siempre. Esto explica por qué Santa Faustina dice aquí que deseaba más a Dios cuanto más fuerte sentía su presencia. Es también por eso que la Santísima Madre, según el relato de Santa Faustina, sintió tanto anhelo por Dios durante esos momentos. La Ascensión nos recuerda que un día, como Cristo, finalmente encontraremos nuestro lugar ante la Trinidad por toda la eternidad, donde alcanzaremos nuestra plenitud suprema. Antes de alcanzar nuestro fin último con la Trinidad, tiene sentido que nuestro anhelo por Dios, como lo experimentó Santa Faustina, aumente, hasta culminar en ese éxtasis que durará por toda la eternidad.  

Santa Faustina, la Santísima Madre y todos nosotros fuimos hechos para este fin último. Por eso el Señor murió por nosotros en la Cruz. Es lo que debería traernos consuelo en nuestros momentos más difíciles aquí en la tierra. No estamos hechos para este mundo. Estamos hechos para el Cielo, donde disfrutaremos de la visión beatífica para siempre, sin añorar nunca más nada.  

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