La promesa de la oración durante el Adviento

¡Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo para usted y todos sus seres queridos!

Imagina que eres uno de esos privilegiados pastores que escucharon el anuncio del ángel sobre el nacimiento de Jesús: “Hoy les ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor.” (Lucas 2, 11). Podrías sentirte aterrorizado al ver un ángel, pero sus palabras anuncian una promesa tan maravillosa que tú no puedes más que regocijarte con la noticia: ¡El tan anhelado Mesías finalmente ha nacido! ¡Nuestra salvación ha llegado!

Pero, ¿con qué te encuentras al llegar al pesebre? Con un niño nacido en pobreza, rodeado solamente de sus padres, los otros pastores y algunos animales de establo. Sobra decir que todo esto ha sucedido durante el censo romano, un duro recordatorio de que tú y tus compatriotas judíos viven en una nación ocupada y oprimida. Probablemente te levantarás a la mañana siguiente comprendiendo que sigues siendo un pobre pastor, mientras el niño que viste la noche anterior se ha perdido entre la multitud. Recuerdas a los ángeles cantando, pero también te preguntas si tu vida continuará como si nada hubiera sucedido.

Cuando el ángel se le apareció a María en la Anunciación, ella aceptó su invitación a dar a luz al Hijo de Dios, a pesar de que al principio estaba confundida. Inmediatamente después de aquel anuncio, la mayor parte de su vida cotidiana continuó siendo igual. Ella realizó sus tareas, rezó con las Escrituras hebreas y sirvió a sus padres. De esta manera, María preparó el camino para el Señor Jesús. Mientras sentía que una nueva vida crecía en su vientre, confió en que las palabras del ángel se harían realidad.

Pero María no fue la única. Cuando los magos vieron la estrella, partieron en un viaje largo y tranquilo. Nada parecía diferente, pero ellos continuaron, confiando en que finalmente encontrarían al rey de los judíos.

Cuando Simeón y Ana vieron al niño Jesús en el templo, se llenaron de alegría. Pero él era solo un recién nacido, uno de los cientos de bebés que ellos habían visto en el templo. Pasarían varios años antes de que este niño empezara a marcar la diferencia para Israel. Pero Simeón quedó tan convencido por lo que vio, que le dijo a Dios que estaba preparado para morir. Por su parte, Ana no podía dejar de hablar sobre lo que había visto. Ninguno de los dos volvió a la vida que tenían en el pasado (Lucas 2, 25-38).

Estos relatos nos muestran que cuando perseveramos en la fe, podemos confiar en que Dios está haciendo algo bueno, aun cuando las circunstancias no parezcan distintas. Y así encontramos formas de preparar el camino para el Señor en cada situación que vivimos. Como resultado, comenzamos a ver milagros, pequeños y grandes, sucediendo en medio nuestro.

Montañas y valles. Dios nos promete que este Adviento puede ser un tiempo de plenitud y revelación para cada uno de nosotros si también nos disponemos a preparar el camino del Señor. ¿Qué podemos esperar ver? Juan el Bautista, haciendo eco de las palabras del profeta Isaías, nos dice que veremos a Dios allanando las montañas y rellenando los valles de nuestra vida (Lucas 3, 4-6).

¿Qué son las “montañas”? Son todos esos obstáculos que encontramos en el camino y que parecen demasiado grandes para superarlos. Todos pecamos de forma recurrente, tenemos actitudes egoístas y experimentamos el dolor de heridas pasadas que simplemente no sanan. Ahora es tiempo de que estas montañas se allanen. En cuanto a los “valles”, son esas áreas de nuestra vida en las que sentimos que nos falta algo. Son situaciones en las que nuestra fe parece demasiado débil como para darnos fuerza. Un “valle” puede ser el sentimiento de que no podemos mantenernos firmes frente a ciertas tentaciones. Incluso, puede ser una relación personal dañada. Podría ser la incapacidad de aceptar el perdón de Dios aun después de confesar nuestra culpa en el Sacramento de la Reconciliación.

En otras palabras, estas montañas y valles son áreas en nuestra vida en las que pensamos que estamos fuera del alcance de la fuerza, o el deseo, de Dios de ayudarnos. Pero Juan el Bautista nos promete que no hay montaña demasiado grande ni valle demasiado profundo para el Señor.

Desde luego, la acción de Dios no sucede de la noche a la mañana, pero podemos confiar en que sí sucederá. Ciertamente podría ser difícil de distinguir. Pero de cualquier manera podemos alegrarnos cada vez que vemos una señal de la acción del Espíritu en nuestra vida.

La promesa de la oración. Una de las formas más importantes, pero que también olvidamos más fácilmente y con la que podemos enfrentar estas montañas y valles en nuestra vida, es la oración. Puedes utilizar las meditaciones de esta revista para ayudarte a profundizar en tu oración personal diaria. Haz tu mejor esfuerzo para buscar la presencia del Señor todos los días, con el tiempo podrías ver algunas de estas señales que son una muestra de que Dios está actuando en tu vida.

Podrías experimentar un profundo sentimiento de paz mientras rezas, aun cuando no lo sientas todo el tiempo. Este sentimiento de paz podría estar acompañado por una cercanía con Dios y un mayor deseo de estar junto a él cada día.

Podrías sentir la suave, pero a la vez real, voz del Espíritu animándote a mantenerte firme frente a la tentación. Aun cuando termines cediendo, el hecho de que hayas comenzado a resistirla es una señal de que el Espíritu está actuando. ¡No te rindas!

Podrías tener una nueva perspectiva de la forma en que puedes reparar una relación que tienes con otra persona y que se ha roto o el creciente deseo de cuidar de las personas que sufren.

Algunos de estos serán destellos de la gracia de Dios. Algunos podrían estar ocultos para todos los demás, así como lo estuvo el nacimiento de Jesús. Pero cada uno de ellos es un signo claro de que Dios está actuando en tu vida y de que tú estás preparando el camino del Señor. Son como semillas llenas de un gran potencial para dar vida y fruto.

Prepara el camino. Solo algunas personas estuvieron preparadas para conocer al Señor cuando nació en medio de nosotros. Pero aquellos que sí se prepararon tuvieron la bendición de recibir al Mesías de una forma en que nadie más podía hacerlo. En este tiempo de Adviento, tenemos la oportunidad de unirnos a ellos preparándonos nosotros también. ¡Preparémonos para el Señor apartando todos los días algo de tiempo para rezar! ¡Démosle a Jesús la oportunidad de rellenar cada valle y allanar cada montaña de nuestra vida!

 

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